lunes, 20 de noviembre de 2017

Cuaderno de notas (CXXVI) No toreeis jamás como Belmonte

Por Felipe Sassone
Juan Belmonte según Sebastián Miranda (publicado en Toros y toreros en 1916)
"Los intelectuales del arte, en general, los literatos que no sabían mucho de toros, los maestros de estética, Valle-Inclán y Pérez de Ayala, saludaban alborozados al prodigio de Triana. Precisamente porque no sabían de toros ni eran esclavos de un tecnicismo y de una escuela, les gustaba más aquello que se parecía menos al toreo. Y lo elogiaban sin hablar de toros; hablando de pintura, de literatura, hasta de teología. Hablaban de la transfiguración, y Valle-Inclán sacó a relucir el quietismo estético y espiritual de Miguel de Molinos. Los revisteros de toros a secas, que se pirraban por parecer literatos, seguían las huellas de los maestros que no sabían de toros, y descoyuntaban su prosa disparatándola de hipérboles. 

Joselito no tenía, en cambio, más panegíricos que los kikirikíes y los ¡ei carballeira! del gallego Pérez Lugín, que santa gloria haya y en eterna ociosidad permanezca para descanso suyo y de las letras castellanas. El público, todo hay que decirlo, se iba también con Belmonte. Claro, porque Belmonte era el débil y José el poderoso; Belmonte, víctima, torero que se entregaba, los hería en la cuerda sensible; cuando aplaudían a Juan tenían la sensación de conceder un premio al mérito; cuando aplaudían a José sufrían la humillación de pagar un tributo que se les arrebataba.

José era el conquistador; pero Belmonte era el héroe, y a nuestro público español, derrotista por temperamento, le molestaba la facilidad del vencedor seguro, y prefería las piernas de trapo de Belmonte a las piernas de acero de Gallito.

¿Y yo? ¿Qué pensaba yo, que sentía? Yo sabía torear; yo había aprendido a torear de una manera, y admiraba a Belmonte sin comprenderlo. ¿Me gustaba? Sí; me gustaba verlo torear; pero no aprobaba su toreo. Me gustaba lo imposible, y me asombraba y me divertía ver que pudiera hacer lo que yo pensaba que no se podía hacer. ¡Y no me convencía!

Yo tenía un espíritu de discípulo, y Joselito era el único profesor. Si yo hubiera tenido hijos con vocación de toreros, les dijera, mirad a Belmonte, admirad a Belmonte; pero no toreeis jamás como Belmonte."

SASSONE, Felipe. "Casta de toreros" (1ª ed., Madrid, Editorial Pueyo, 1934, págs. 77-78)

viernes, 17 de noviembre de 2017

De Valdepeñas a Linares

Por Antonio Luís Aguilera

Pepín en el Sanatorio de Toreros convalece de la cogida de Valdepeñas (8 de agosto de 1947). Su cara lo dice todo.

Faltando veinte días para la cita de Linares, Manolete vio la muerte en Valdepeñas. Fue una tarde extraña, de calor sofocante que encendía el griterío de los tendidos, en un ruedo seco que levantaba nubes de arena ante las inciertas embestidas del encierro de Concha y Sierra. Se observaba preocupación en los toreros por el feo estilo de la corrida. Curro Caro despachó su lote con oficio. 

Curro Caro en Valdepeñas el 8 de agosto del 47

Manuel Rodríguez había cortado las orejas y el rabo del segundo, trofeos que rechazó ante las protestas del respetable; en el quinto se dividieron las opiniones, algo habitual en un público cada vez más en contra. 


Manolete en el segundo de la tarde.

Pepín Martín Vázquez
escuchó palmas en el tercero y buscaba tocar pelo en el sexto, al que saludó con hermosas verónicas e hizo un bonito quite por chicuelinas, que silenció las protestas que denunciaban cojera de la pata izquierda. 

En el callejón, sin soltar el capote, Manolete fumaba un cigarrillo atento al planteamiento de faena de Pepín, que inició el trasteo con unos estatuarios que fueron ovacionados. Con la muleta en la izquierda el toro protestó al tomar el primer natural, repuso y, sin atender el toque, volteó al torero corneándole con saña en la pierna izquierda hasta que el diestro cordobés acudió e hizo el quite. El silencio se apoderó de la plaza ante la visible hemorragia, el nerviosismo del trance, y los rostros desencajados de los compañeros asistiendo al herido para conducirlo a la enfermería. En otro lado del palenque, Manuel Rodríguez fijaba con el capote la atención del toro, observando el pitón ensangrentado y esa mirada fiera, cargada de muerte, que solo saben ver los toreros. 



La cogida de Valdepeñas en 3 imágenes. El toro de Concha y Sierra, mete el pitón mientras Pepín instrumenta un natural. El diestro sevillano caído en el ruedo. Mientras se levanta intentando tapar con la mano la hemorragia, Manolete le hace el quite.

En el interior del cuarto del hule, las expertas manos del doctor Izarra lograron detener la hemorragia en una operación de urgencia vital, pero la gravedad de las lesiones exigía el traslado del herido a un centro hospitalario adecuado, para llevar a cabo una delicada intervención de reconstrucción vascular. No había tiempo que perder. Madrid quedaba a más de doscientos kilómetros y la zozobra comenzaba a adueñarse de los hombres del toro. Manolete ofreció su Buick azul para llevar al compañero al Sanatorio de Toreros, donde avisado aguardaba el doctor Jiménez Guinea, y ocupando el asiento del volante abandonó velozmente la ciudad manchega. Tras el penoso e incierto trayecto, la eficaz intervención del célebre cirujano devolvía a los toreros la esperanza y la sonrisa al filo del nuevo día. Pepín había salvado la vida. 

Manolete con su Buick. Camará observa.

Antes de partir de Madrid para cumplir los contratos del agosto más duro de su carrera, Manolete acudió al Sanatorio para animar a Pepín y despedirse. Ninguno podía imaginar que el adiós sería para siempre. Años después, el fino torero de Sevilla manifestó que nunca pudo olvidar el gesto de su compañero, confesando que el beso que le dio Manuel al despedirse era el recuerdo más hermoso que guardaba de su paso por el toreo: “De Manolete me pasaría la vida entera diciendo cosas. Lo recuerdo constantemente. Fue un hombre inmenso y un torero como no he conocido otro. Ahora pienso que yo tuve mucha suerte en Valdepeñas y él muy poca en Linares. O al revés, porque los hombres no seremos nunca capaces de entender los designios de Dios”. 

En Valdepeñas antes del paseillo, Pepín sonríe. A la derecha se adivina el perfil de Manolete. Luego tras la cogida, el cordobés iría a visitar al diestro de la Resolana al Sanatorio de Toreros
Para el cordobés continuaba el viacrucis en que le habían convertido 1947 desde el regreso de México. Con pena observaba cómo el público que antes le aclamaba entusiasmado ahora le insultaba y le enseñaba las entradas. Había dado fruto la campaña de un influyente sector de la crítica, clanes taurinos y diestros incapaces de aguantarle el pulso en la plaza: la alianza que buscaba destronarlo acusándole de ser el culpable de lo peor del toreo. 

Manolete en el callejón de la plaza de Gijón. La campaña del norte tuvo una dureza inusitada.

Manolete anhelaba acabar la temporada, colgar el traje de luces y casarse con Antoñita, la mujer que amaba, cuyo enlace estaba señalado el 18 de octubre en Barcelona, como reveló más tarde quien fue su confidente, el periodista don Antonio Bellón. Pensaba que había llegado la hora de disfrutar de su fortuna antes de que pudiera arrebatársela un toro, pero su estricto sentido del deber le imponía cumplir los compromisos y entregarse en cada plaza. Eso fue lo que hizo con los puntos sin cicatrizar de la cornada sufrida el 16 de julio en Madrid, su última tarde en Las Ventas, corrida de Beneficencia que toreó cediendo sus honorarios para los necesitados. 

Un respiro. Los días de Fuentelencina con Antoñita Broncalo.

Agosto barruntaba tormenta. Se desencadenó en Linares como pudo haber sido en cualquier lugar. Un relámpago rasgó la tarde y el estruendo del trueno enmudeció al orbe taurino. 



La cogida en dos fotografías tomadas por un aficionado desde el tendido y que fueron publicadas en el número extraordinario que El Ruedo publicó tras la cogida.
Lo que vino después resulta conocido. O no tanto, porque ante el horror de su muerte afloraron sentimientos de culpa y medias verdades que forjaron una historia con aires de leyenda, narrada con los tonos hipócritas de aquella España en blanco y negro. Se obviaba el drama de un hombre joven, que hubo de sufrir el desprecio de los suyos por la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, porque su madre y entorno no la consideraban digna de ser su esposa. Tras la crucifixión faltaba la lanzada, ejecutada en el hospital de Linares por los que presumían de amigos, al negar a Antoñita el paso a la habitación de Manolo hasta que en ella moraba un cadáver. 

Su novia solo pudo entrar a verlo después de muerto. No la dejaron pasar mientras moría.

Terminaba el acoso y derribo del rey de los toreros. Nacía el mito. Fue en la corrida número veintiuno de su temporada española, el mismo que llevaba marcado a fuego Islero, el toro que lo mató, cuyo certero derrote silenció tanta culpa inconfesable.

Remate. La elegancia torera de un gran torero. En Gijón con la capa.

sábado, 4 de noviembre de 2017

La faena más grande de la historia. Chicuelo con Corchaíto

Por Jose Morente


Chicuelo en la habitación de su hotel preparado para salir a torear en la plaza de Madrid, probablemente el día de la faena a Corchaíto. Al fondo a la derecha, su tío Zocato. "A mí, el público de Madrid todavía no me han visto torear como yo quiero que me vean". Ese mismo día le vieron  (Fotografía publicada en la revista Estampa a finales de mayo de 1928)

Una plaza muda

Hubo un momento en que la plaza de Madrid se quedó en un silencio total y Chicuelo pensó que su faena no le estaba gustando al público. Una verdadera lástima porque el torero estaba disfrutando de verdad con la embestida de Corchaíto un toro muy noble de Graciliano Pérez Tabernero.



Un toro muy curioso pues había salido abanto y algo mansurrón pero a la muleta llegó bravo y noble. Quizás ese punto de mansedumbre -pensaba el torero para su caletre- era el motivo por el que se estaba dejando torear tan bien. Ese abrirse en el engaño y salirse tras los vuelos, es lo que permitía al diestro relajarse en el embroque y olvidarse de la técnica. Torear, sólo torear y por el mero placer de torear.

La lidia de Corchaíto había comenzado muy bien. Era su primer toro y tercero de la corrida del día 24 de mayo de 1928. Chicuelo había dado la alternativa a Barrera y la costumbre, hoy corregida, le imponía torear ese toro y el cuarto. Los dos primeros -el de la alternativa y el de Cagancho- habían sido bravos en los caballos, los dos diestros habían estado muy bien y el público estaba disfrutando de lo lindo cuando salió a la arena ese tercer toro que pasaría a la historia, algo que entonces nadie hubiera imaginado.

Ya en el capote, alternando en quites, Chicuelo había estado sensacional con Corchaíto. Sus cuatro chicuelinas habían puesto la plaza boca arriba. Por eso, cuando el torero de la Alameda cogió los trastos y se fue a los tercios del tendido 2 con la muleta en la izquierda, la plaza estaba a revienta calderas. Y eso que todavía no había llegado lo que iba a llegar.



A Chicuelo siempre le había gustado tantear a los toros con la izquierda. Lo de tantear por naturales se lo habían reprochado algunos aficionados amigos (¡No arriesgues tanto!) pero a Chicuelo le importaba bien poco (¡Con lo que a mí me gusta torear con la izquierda!). Por eso se fue a buscar a Corchaíto con la muleta en la izquierda, con la espada en la derecha y con el corazón en el centro, para ligar cuatro naturales gloriosos, inmensos e indescriptibles que pusieron al rojo vivo la plaza de Madrid.




Mientras daba esos cuatro naturales, Chicuelo recordaba que esa forma de ligar se la había visto, el primero de todos, al pobre José, a Joselito. Con los toros buenos, Joselito les dejaba, en el remate, la muleta muerta en la cara y si el toro volvía por su camino, lo enganchaba sin tocarle, sin brusquedades, tirando de la franela, tendiendo la suerte y engarzando naturales. Uno tras otro. Eso le había visto Chicuelo a Gallito. Engarzar naturales, tantos como le dejaran los toros. Que, esa es la verdad, solían ser pocos los que se lo permitían porque en la época de José, en la Edad de Oro, todavía muy pocos toros respondían a ese toreo en redondo que luego sería la base de la faena de muleta. Belmonte se había metido de lleno en el terreno del toro pero Juan ligaba el natural con el pase de pecho al estilo de la vieja escuela, del toreo antiguo. Joselito fue quien adivinó el futuro.

Y allí estaba Chicuelo, en la plaza de Madrid, frente a Corchaíto. Un Chicuelo que se había casado hacía poco con Dora la Cordobesita, obligado a arrimarse para mantener con decoro a esa familia que estaba empezando a formar, y acordándose de esa manera de ligar los muletazos que tenía Gallito, delante de un toro bravo y noble, muy noble, que le estaba poniendo en bandeja el triunfo y la posibilidad de hacer algo grande, muy grande, en el toreo.



No iba a ser esa la primera faena importante de su carrera. Había habido otras antes en varias plazas de España y México pero no en Madrid. Y en aquellos tiempos, no era lo mismo hacer una gran faena en Madrid que en cualquier otra plaza del mundo.

Como México, país del que también se acordaba Chicuelo mientras citaba a Corchaíto pues el toro mexicano más toreable, más boyante, más noble, de mejor son y mejor embestida, hacía posible ese cante grande que rara vez permitía el toro español. Por eso, porque este tipo de toro escaseaba en España es por lo que Joselito el Gallo, cuando le salía un toro de buen estilo en cualquier plaza, siempre pensaba lo mismo "¡Ojalá me toque uno como este en Madrid un día sin viento!".

Un toro de esos, de los de buen estilo, era Corchaíto y ese toro le había salido a Chicuelo en Madrid. Premio gordo de la lotería para el diestro de la Alameda y premio gordo, sobre todo, para los afortunados espectadores que estaban ese día en la plaza presenciando la faena más grande de la historia del toreo. La más grande no sólo por la indiscutible calidad del excepcional trasteo, pues ya antes hubo -y las habría después- otras faenas excepcionales de otros diestros, sino por su importancia capital en la evolución de la fiesta. La faena a Corchaíto marcó un rumbo y un ejemplo. Un antes y un después. Después de esa faena los públicos ya sólo querrían que se torease así. Pero eso no se entendería hasta muchos años más tarde cuando el paso del tiempo permitiese calibrar cabalmente el alcance de lo sucedido ese día.

Mientras tanto en la plaza Chicuelo, después de esa primera tanda y el remate de pecho había engarzado dos naturales más. Y luego otro más. Borrachera del toreo al natural. La plaza era un verdadero manicomio.



A ese inicio colosal e inmenso, siguieron pases por alto, pases con la derecha y la izquierda, pases de todas las clases, pases de la firma, molinetes, afarolados, de pecho, de costado, de espalda. Toda la gama del toreo del mejor estilo. Una faena preciosa que no preciosista como, con muy mala uva, dijo al día siguiente Gregorio Corrochano, a quien se le había subido a la cabeza la importancia y relevancia que se le daba a su opinión. Un crítico influyente, buen aficionado pues se fijaba en el toro, pero malo por dogmático y teorizante, por no entender el toreo. Hacedor y deshacedor de reputaciones, más preocupado por construir frases impactantes, que por seguir el hilo de la fiesta. 



Un hilo que se le escapó ese día. Lo de Corrochano, su incapacidad para valorar la faena de Chicuelo, la más grande de la historia, causó la indignación de los buenos aficionados madrileños. Tanto enfado provocó que el crítico de ABC tuvo que rectificar astuta y ladinamente a los pocos días. 

Corrochano fue el único que no se enteró de lo que estaba pasando en el ruedo. Los espectadores, mientras tanto y mientras toreaba Chicuelo, habían enloquecido y enmudecido. Fue cuando Chicuelo, ante ese silencio, pensó que algo no iba bien. Pensó que su faena no estaba gustando al público...



La apoteosis

Chicuelo entonces no lo sabía pero la plaza había callado en silencio sepulcral, no por disgusto sino porque la emoción del buen toreo había puesto un nudo en los corazones. Nadie, roncas las gargantas, podía ya gritar un olé. Y entonces ocurrió lo insólito, lo inexplicable. Todos los espectadores silenciosamente agitaban sus pañuelos al viento y pedían la oreja. La plaza entera muda pedía los trofeos antes de entrar a matar el torero. 

En esas, Chicuelo entró a volapié y pinchó, Enseguida, tres naturales más, tres últimos y tremendos naturales de tinieblas, los mejores según muchos de los que lo vieron pues el toro sin fuerzas ya no iba y había que tirar de él. Luego otro pinchazo y media estocada que, esta sí, tiró al toro sin puntilla.



Ahí fue cuando el torero, nuestro torero, levantó la vista y vio el tendido poblado de pañuelos. Ahí fue cuando comprendió que la faena, con la que él tanto había disfrutado, había emocionado tanto a tantos. Emocionado él también y quizás algo sorprendido le comentó al Rerre su alegría porque, pese a los pinchazos, le estaban pidiendo la oreja.

La respuesta fue tajante: "¡No, Manuel, te están pidiendo la segunda! ¡La primera ya te la han dado mientras toreabas! ¡Acabas de cambiar el toreo! ¡Has hecho historia!".

Lo dicho, la faena más grande de la historia. 


Chicuelo tras cortar las dos orejas a Corchaíto dando la vuelta al ruedo en la plaza de Madrid seguido por uno de sus peones (probablemente se trata de Antonio Romero, el padre de Romerito, peón de Curro Romero)
Nota de LRI de agradecimiento. Los comentarios y pensamientos de Chicuelo sobre su faena al toro Corchaíto nos llegan a través de su hijo Rafael (quien evocó en el Ateneo de Sevilla el pasado viernes 27 lo que su padre le contó un día en su casa de la Alameda sobre esa inolvidable jornada) y de su nieto Manolo.


domingo, 29 de octubre de 2017

Chicuelo. Las otras facetas de su toreo

Por Jose Morente

Remate de Chicuelo. En el lance que recoge esta vieja fotografía está resumida toda una forma genial y maravillosa de entender el toreo.
Como anunciamos en este blog hace unos días, este fin de semana en jornada doble, un grupo de aficionados llegados de diversos puntos de España, hemos recordado y homenajeado en Sevilla y junto a sus familiares, a uno de los más grandes toreros de la historia: Manuel Jiménez Moreno "Chicuelo" (1902-1967)Un grandioso torero desdibujado y, en cierto modo, ninguneado por la crítica oficial.

Y es cierto, lo que nos han contado de Chicuelo, con tener su parte de verdad, es tan parcial, está tan distorsionado y manipulado, que, al final, ocurre -salvando las distancias- algo parecido a lo que ocurre con el relato que hoy hacen los independentistas catalanes de la situación política en España: Que lo que ellos cuentan tiene el mismo parecido con la realidad que un huevo a una castaña.

Igual sucede con Chicuelo. Lo que nos han contado de su concepto, de sus maneras, de su forma de torear y de su papel en la historia tiene muy poco que ver con la realidad de su figura y con la importancia de su toreo.

Chicuelo es, en efecto, ese torero de arte, con ángel, gracia y chispa, dotado de unas muñecas prodigiosas, capaz con un sólo quite de enderezar el balance de una mala tarde. El primer y mejor referente de lo que se ha llamado -creo que de modo erróneo pues más valdría hablar de estilo- la escuela sevillana del toreo.

Resulta evidente que lo primero que salta a la vista con cualquier imagen de Chicuelo es su impresionante y personalísima, aunque nada grandilocuente, estética. Es cierto. Pero no es menos cierto que detrás de esa estética hay muchas otras cosas. Muchísimas.
Pero Chicuelo además de ser artista de gracia y chispa, con ser eso mucho, fue un torero técnico, capaz y solvente. Y es que Chicuelo se formó en una época de infinita dureza, una época de toros mucho más broncos y más mansos que el toro de nuestros días y donde, por tanto, el oficio se convertía en requisito indispensable y necesario para torear. En la edad de oro y en la de plata, sin saber torear, sin conocer y dominar los resortes técnicos del toreo no se podía ser torero, no se podía sobrevivir en esa durísima profesión. Chicuelo, por tanto, tuvo que aprender el oficio y el caso es que lo conocía y muy bien. Fue un verdadero maestro, lo que hoy no se dice.

Sin perder la línea grácil y estética de su toreo, Chicuelo domina al toro macheteando con la mano izquierda, una suerte difícil y hoy en desuso
Lo mismo que decimos nosotros lo decía en 1930 un imparcial revistero del Imparcial. Chicuelo además de artista era un maestro

Sus todavía escasas películas, ahora recuperadas y descubiertas, acreditan lo que decimos. Es cierto que, penalizado por su escasa estatura, podía fallar, algunas tardes, en la suerte suprema. Pero, con el capote y la muleta, no se le veía nunca o casi nunca aperreado. Al contrario, en esas viejas películas, con toros muy mansos y muy probones, en síntesis muy difíciles, descubrimos a un sorprendente Chicuelo que transmite sensación de seguridad y compostura sin perder nunca los papeles.

El toro, un toro de los de antes, con sentido y a la defensiva, levanta la cara, "alarga la gaita" que dirían los antiguos, dificultando en grado sumo la ejecución de la estocada.
Pero hay más mucho más. Ahí está su amplísimo repertorio, tanto con la capa como con la franela. Un repertorio extenso, sorprendente y deslumbrante. Torero de cuerda gallista, Chicuelo heredó de Joselito el Gallo (al que admiraba profundamente hasta el punto que solía decir que "no había habido nunca un torero como Joselito... y nunca lo habrá") esa variedad capotera y muletera tan propia del de Gelves, pero el caso es su enciclopédico conocimiento de las suertes ha quedado eclipsado detrás de su más fecunda y difundida aportación con el capote: la chicuelina

No sólo chicuelinas, aquí vemos a Chicuelo rematando un quite a un toro de Miura ¿una larga cordobesa con la mano izquierda?
Pero con ser importante todo lo que hemos comentado (la gracia, el oficio y el repertorio) no es, ni con mucho, lo más importante de Chicuelo. En mi opinión, su verdadera genial aportación, aquella que le permite pasar con letras de oro a la historia del toreo -como nos enseñó Pepe Alameda- es su papel de arquitecto del moderno toreo en redondo por naturales

Recogiendo la también genial intuición de Gallito y sirviendo a su vez de modelo y referente esencial para Manolete, Chicuelo va a definir en su toreo de muleta con la izquierda, el moderno toreo en redondo. Su faena a Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero quedará, si no como la más grande de la historia (tal y como proclamó en día Federico M. Alcázar), si como la faena de vanguardia iniciática y emblemática de una nueva era.

Uno de los naturales de Chicuelo a Corchaíto...uno de muchos (Fotografia publicada en La Nación)
La vieja aspiración no lograda, hasta entonces, de los mejores toreros decimonónicos (una lista que quizás empiece en Costillares y sigue con Lagartijo, El Gordito y Guerrita) del toreo en redondo culmina y se consuma gracias a la terna mágica formada por Joselito el Gallo, Chicuelo y Manolete. 


Esa es la línea más pura y más clásica del toreo. El torero, eje vertical, situado en el centro de la faena con el toro girando a su derredor como los planetas giran alrededor del sol. De ahí viene y ahí está casi todo, por no decir todo, el toreo moderno

Y en esa línea o cuerda del toreo en redondo, el nombre de Chicuelo destaca y brilla de forma muy, pero que muy especial. No deberíamos olvidarlo nunca.


El natural de Chicuelo. Un mismo concepto y un mismo estilo a lo largo de los años. De la Huerta del Lavadero a la plaza México. Del sueño del becerrista a la feliz culminación del torerísimo anhelo de un grandísimo torero.


Nota: Casi todas las fotografías de esta entrada están obtenidas de la página web Chicuelo dinastíaUna web de obligada visita.

lunes, 23 de octubre de 2017

Chicuelo. El gran desconocido


CHICUELO. EL GRAN DESCONOCIDO
SEVILLA. 27 y 28 DE OCTUBRE DE 2017

DESCUBRIENDO A CHICUELO
Viernes. 27 de octubre. Ateneo de Sevilla. 19:30 h. (Entrada libre)
Presentación:
ATENEA MELGAREJO VARGAS. Presidenta de la Sección Ciencias Económicas y Empresariales del Excmo. Ateneo de Sevilla.   
Introducción:
“Descubriendo a Chicuelo” por JOSE MORENTE. Aficionado
Proyección:
Fotografías y películas (algunas inéditas) de Manuel Jiménez “Chicuelo” (Málaga, Madrid, Bilbao, Murcia, Sevilla y México D.F.):
Comentadas por RAFAEL JIMÉNEZ “CHICUELO” Y MANOLO “CHICUELO”. Hijo y nieto del diestro de la Alameda.

RECORRIDO-HOMENAJE A CHICUELO
Sábado, 28 de octubre. Altozano (Estatua de Juan Belmonte) 9:30 h. (Libre participación)
Recorrido en homenaje al genial diestro por las calles de Sevilla. Desde la calle Betis donde nació hasta la Basílica de la Macarena.
Recorrido:
Calle Betis (azulejo conmemorativo) 
Iglesia de Santa Ana a 100 metros
Puente de Triana
Maestranza
Gran Poder
Alameda de Hércules-casa familiar/
Alameda de Hércules-monumento a Chicuelo (Junto a los monumentos de la Niña de los Peines y Manolo Caracol) 
calle Escoberos esquina a calle Parras (donde vivió Chicuelo niño) /
Basílica de la Macarena.

Participaran contando anécdotas y hablando del torero:

RAFAEL JIMÉNEZ “CHICUELO” 
MANOLO JIMÉNEZ “CHICUELO”
Manolo Escalona
Isaac Escalera
Álvaro del Moral
Ignacio Sánchez-Mejías
Antonio Luís Aguilera
Manolo Jaimez


Biografía (por Manolo Jaímez Pastelero)
Manuel Jiménez Moreno “CHICUELO” nace el 15 de abril de 1902 en el nº 11 de la calle BETIS (Barrio de Triana). Ahí vivió solo la cuarentena, bautizándose en la Iglesia de Santa Ana en Triana. A los 40 días de nacer, sus padres se trasladan a la calle Escoberos esquina a Parras, a 100 metros de la Iglesia de San Gil donde estuvo más de 400 años la Esperanza Macarena (La imagen se trasladó en 1950, año de su construcción, a la Basílica de su nombre). A los 9 años lo acoge un banderillero amigo de su familia, conocido por el apodo de Zocato, llevándoselo a Salamanca donde estudia y aprende a ser torero. Con 16 años debuta en La Maestranza de Sevilla el 19/4/1919 como novillero con caballos y ese mismo año el 28/09/1919 toma la alternativa aún con 17 años de manos de Juan Belmonte y su hermano Manolo Belmonte en la Real Maestranza de Sevilla, repitiendo el día 30/9/1919 con Rafael El Gallo y Juan Belmonte cortando 2 orejas. El 18/06/1920 confirma en Madrid. Desde 1924 a 1927 Torea en México, Venezuela, Perú y Francia, consolidándose como figura del Toreo. Se casa el 10/11/1927 con Dolores Castro Ruiz (Dora la Cordobesita) modelo de Julio Romero de Torres, gran artista de la copla y baile y extraordinaria persona con la que tiene tres hijos. El 24/05/1928, el toro Corchaito lo consagra definitivamente en España con una faena memorable (¿la mejor de la historia del toreo?). Antes en México ya se había convertido en ídolo indiscutible. El 2/07/1939 da la alternativa a Manolete en la Real Maestranza de Sevilla. Su última actuación tuvo lugar en Utrera el 1/11/1951, dándose la circunstancia de dar la alternativa a dos toreros y retirándose los tres en ese mismo festejo. El 25/04/1965 fallece su mujer y le produce una profunda depresión, era un matrimonio profundamente enamorado. El 31/10/1967 fallece Manuel Jiménez Moreno “Chicuelo” a los 65 años. Después de Curro Romero, ha sido el torero que más veces ha actuado en la Real Maestranza de Sevilla, con 97 festejos desde Festivales, Novilladas y Corridas, Fue muy devoto de La Macarena y del Gran Poder. La casa donde vive actualmente su familia, lo compró Chicuelo en 1919 para Dora, con los honorarios de su alternativa en Sevilla, pero no pudo habitarla hasta dos años después, ya que estaba tomada por unos ocupas de la época y tuvo que vivir en el Barrio de Nervión, hasta quedar libre.
Chicuelo fue el puente entre Joselito (con quien toreó en 6 ocasiones todas en 1920) y Manolete (con quien compartió cartel en 18 ocasiones desde 1937 a 1944). Todavía no se le ha reconocido el papel clave que jugó en la historia del toreo.
El arte de los toros
Bajó del cielo
Y su mejor intérprete
Fue Chicuelo


lunes, 2 de octubre de 2017

Obviemos de Perera que...

Texto: Jose Morente
Fotos: Andrew Moore


Dicen de la estocada que es la Suerte Suprema, empecemos pues por la estocada


Obviemos de Miguel Ángel Perera el que, junto con Fernando Cepeda, forma posiblemente el tándem más independiente e íntegro del actual panorama taurino. Obviemos que este torero se viste por los pies. Obviemos que su carrera se ha hecho a sangre y fuego. Obviemos también que, después de cada cornada, Perera reaparece más seguro, más valiente, más hecho como torero. Obviemos que Perera sabe torear y no sólo que sabe sino que sabe hacerlo con una rara precisión y extraña perfección pues Perera, esto es obvio, torea perfecto. Obviemos todo eso, que no es poco...

Lo que no podemos obviar es como vino este torero el sábado a las Ventas. Su predisposición, su decisión y su entrega desde el primer capotazo hasta la estocada a su segundo toro conformaron una apabullante muestra, de firmeza, de claridad de ideas y de capacidad lidiadora. Esa decisión es la que le llevó a su contundente e inapelable triunfo.

Hablemos, por ejemplo, de su capacidad lidiadora. El sábado en las Ventas, Perera estuvo atento y acertado en los quites a los toreros de las otras cuadrillas, como sólo lo están los grandes maestros, los buenos lidiadores. Por si fuera poco, no permitió que nadie diera un sólo capotazo a sus toros antes de banderillas. Hasta ese tercio sólo él, el sólo, llevó la lidia. Una lidia perfecta, medida y magistral sin un capotazo de más ni uno de menos. Toreando para el toro y no para el público. Así fue haciendo, poco a poco, pase a pase y lance a lance, a sus dos toros, que acabaron sacando ese buen fondo de nobleza y entrega que permitió esas dos excepcionales faenas de muleta. Las faenas de muleta medidas y perfectas que ambas reses requerían.

La colocación del torero fue perfecta en todo momento. Como perfecta fue también la manera de presentar la muleta y el acierto en los toques -siempre justos, precisos y oportunos-. Hubo temple y suavidad en el manejo de los engaños pero también firmeza y rotundidad cuando el toro lo requería. En las distancias -siempre en función de las condiciones de sus dos toros- Perera dio otra lección magistral. En su segundo (cuarto de la tarde) nos regaló un recital de cites a larga distancia que nos evocaba a los toreros de los 50. En las distancias cortas, tragó sin alardes, todo lo tragable. Hubo un grandioso toreo en redondo, de ensueño, pero también un increíble e inverosímil toreo en ochos de genuino corte ojedista.

La distancia
Todo en Perera fue el sábado torero, pulcro, medido y exacto. 

Podemos obviar muchas cosas de esta feria de otoño pero lo que no podemos obviar es como estuvo Perera el pasado sábado en las Ventas.

Un catedrático en la cátedra del toreo.

El gran toreo de Miguel Ángel Perera

PD: Esta entrada se la dedico a Mar de Alamares. Gracias a ella, este blog vuelve a andar.

Perera y Cepeda (Fotografía de Julián López)